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La vulnerabilidad, causa estructural en el delito de trata de personas

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Por Florencia Guijo*

Ya nadie lo duda, la trata de personas es uno de los delitos que en mayor medida atentan contra los derechos humanos y frecuentemente la delincuencia organizada participa en su realización. La trata de seres humanos vulnera la dignidad de sus víctimas, afecta a familias y comunidades enteras, lastima la cohesión social y, sobre todo, fractura la condición de humanidad de quienes sufren este crimen.

Si bien cualquier persona es una víctima potencial del delito de trata de personas, la gran mayoría de las víctimas proviene de contextos de desigualdad, pobreza y de entornos de alta vulnerabilidad social. Lo que obliga a pensar que el cumplimiento de los derechos sociales tiene una importancia instrumental mayúscula para que se reduzca la trata de personas y la vulnerabilidad de las personas ante este crimen.

De esa manera entonces, la pobreza, la discriminación, la desigualdad en general y de género en particular, la falta de oportunidades económicas, la exclusión social, el desconocimiento y la promesa de beneficios materiales son algunos de los elementos claves que inciden en la problemática de la trata y que reclaman tanto una intervención estatal eficaz como un compromiso social verdadero para poder ser erradicados.

Las víctimas o las potenciales víctimas de trata con fines de explotación sexual suelen ser mujeres entre los 18 y los 25 años de edad, con niveles de ingresos nulos o deficientes, con baja escolaridad, baja educación, desempleadas o con perspectivas de empleo precario y uno o más dependientes directos.

Por su parte, la trata de personas con fines de explotación laboral responde no sólo a los contextos de los que provienen las personas (pobreza, violencia, desigualdad, etc.), sino adicionalmente a características relacionadas con los sectores y actividades económicas en las que se desempeñan, como la agricultura y la horticultura; la construcción; la industria textil; la minería; procesamiento de alimentos y empacadoras; la industria de los transportes y; la “industria” del sexo y la prostitución.

Si bien el trabajo forzoso es un fenómeno global que puede afectar tanto a trabajadores formales como informales; la OIT considera que ciertos grupos son mucho más vulnerables a la coerción y la victimización frente a este delito. Ellos son los trabajadores que han sufrido periodos prolongados de discriminación o explotación, así como los indígenas, campesinos y obreros de zonas urbano-marginales de Latinoamérica; los trabajadores migrantes, particularmente aquellos en situación irregular; los trabajadores empleados en actividades informales, incluidos los trabajadores de zonas rurales remotas y; la población joven e inexperta, analfabeta o con bajos niveles educativos, quienes pueden ser menos conscientes de los derechos laborales que poseen o de los riesgos que enfrentan ante probables condiciones de explotación laboral, trabajo forzado o trata de personas.

Vulnerable por definición

Conforme las 100 reglas de Brasilia, adoptadas en la XIV Cumbre Judicial Iberoamericana, a las que adhirió la Corte Suprema de Justicia de la Nación mediante acordada 5 del 24/02/2009, se consideran en condición de vulnerabilidad aquellas personas que, por razón de su edad, género, estado físico o mental, o por circunstancias sociales, económicas, étnicas y/o culturales, encuentran especiales dificultades para ejercitar con plenitud ante el sistema de justicia los derechos reconocidos por el ordenamiento jurídico. De esta manera, podrán constituir causas de vulnerabilidad, entre otras, las siguientes: la edad, la discapacidad, la pertenencia a comunidades indígenas o a minorías, la victimización, la migración y el desplazamiento interno, la pobreza, el género y la privación de libertad. Precisándose al respecto que la concreta determinación de las personas en condición de vulnerabilidad en cada país dependerá de sus características específicas, o incluso de su nivel de desarrollo social y económico.

Así entonces, puede considerarse en condición de vulnerabilidad aquella víctima del delito que tenga una relevante limitación para evitar o mitigar los daños y perjuicios derivados de la infracción penal o de su contacto con el sistema de justicia, o para afrontar los riesgos de sufrir una nueva victimización. La vulnerabilidad puede proceder de sus propias características personales o bien de las circunstancias de la infracción penal.

La doctrina a definido esta noción así: “aprovechar la situación de la víctima alude a especiales circunstancias en que ella se encuentra y que la coloca en un estado de inferioridad respecto del captor. Puede ser una situación de pobreza, o puede encontrarse en una particular condición personal que la torne vulnerable…” (Flores y Romero Díaz, “Trata de Personas con fines de Explotación”, p. 91 Lerner, Córdoba, 2009).

Por su parte, la doctrina nacional ha considerado que “Vulnerable es aquél que por una adversidad o circunstancia especial se encuentra con menores posibilidades defensivas que el común de las personas, por lo que se presenta como blanco más fácil para que alguien lo dañe o lo perjudique. Este supuesto hace referencia a una especial situación de debilidad que coloca a la persona en una condición de inferioridad ante el autor y que le reporta una mayor dificultad o imposibilidad para oponerse a los designios del autor”.

“La vulnerabilidad, en definitiva, podríamos intentar definirla como ese estado de indefensión, de debilitamiento de la personalidad, donde se ausentan las fuerzas para poder enfrentar todo tipo de presiones inhumanas y amenazantes…Quien transita por situaciones de esclavitud, llega a perder el sentido de ser víctima, yuxtaponiéndose en su conciencia falsos sentimientos de complicidad, de encubrimiento; de sentirse (de manera distorsionada) un eslabón más de una cadena delictiva que, a esa altura de su vida y junto a tantas amenazas, le resulta difícil abandonar” (La vulnerabilidad en la Ley de Trata de Personas; De Cesaris, Juan; La Ley Sup. Act. 10/09/2009).

El abuso de la situación de vulnerabilidad

La Ley vigente en materia de trata de personas en la Argentina prevé el abuso de la situación de vulnerabilidad de las víctimas mayores de 18 años como uno de los medios comisivos, esto es como elemento tipificante del delito, y como un agravante del injusto en el caso de las víctimas menores de edad.

La ubicación de la trata de personas en el capítulo de los delitos contra la libertad individual indica que éste es el bien jurídico protegido, sin embargo, tal como se desprende del propio texto legal no resulta necesario que la víctima sea privada de la libertad ambulatoria de manera efectiva, por lo que resulta razonable concluir que lo que se pretende tutelar es la libertad de autodeterminación de las personas.

El incumplimiento de los derechos humanos reduce la capacidad de las personas para decidir sobre sus proyectos personales y colectivos de vida. La pobreza, la marginación o actos discriminatorios, pueden situarlas en condiciones de vulnerabilidad que las pueden llevar a fracturas emocionales y a situaciones de riesgo frente a entornos de violencia, maltrato, abuso o el daño a su dignidad como personas.

La trata de personas es un delito que se comete sobre todo al amparo de la invisibilidad y de la impunidad. Por ello, generalmente sus víctimas provienen de contextos en los que difícilmente pueden conocer plenamente sus derechos y exigir su cumplimiento.

Finalmente la conclusión es más que obvia. Hay tres grandes amenazas a los derechos humanos que se pueden sintetizar en tres fenómenos estructurales: 1) la discriminación; 2) la violencia social; y 3) las desigualdades estructurales. Estos fenómenos propician ámbitos de vulnerabilidad de las personas y, en otros casos, detonantes de circunstancias de riesgo que exponen a las personas en condiciones de desventaja e incrementan su vulnerabilidad frente a la trata de personas.

Es, a mi entender, una conclusión desde la cual trabajar. Cada uno de nosotros, desde el lugar que ocupe –o como dije en algún artículo anterior, desde ese rol que hemos decido jugar en la sociedad- nos planteemos a conciencia en que medida podemos contribuir. Ya sea desde informarnos, también ayudando a difundir información referida al tema, hasta como consumidores exigir que las cadenas de valor de los bienes que consumimos estén libres de trabajo esclavo. Hay muchas formas de dar una mano, pero todas empiezan por el compromiso. Empecemos por ahí. Yo le digo no a la Trata.

Siempre resaltamos, cuando hablamos de estos flagrantes delitos como la trata de personas, que hablamos de derechos humanos. En este caso fundamentalmente hablamos de humanos, de seres humanos, de personas de carne y hueso, que básicamente por sus características socioeconómicas se encuentran más expuestas –sí, digo más expuestas porque vos y yo también estamos expuestos, sin caer en paranoia, a todos nos puede pasar- a este tipo de delitos, que son siempre perpetrados contra aquellas personas más vulnerables.

Sin vulnerabilidad no hay víctimas

Con amor, equidad, educación, compromiso, responsabilidad, respeto… capaz podemos empezar a erigir una sociedad en la cual no haya lugar para pensar en términos de vulnerabilidad y mucho menos en la trata de personas. Capaz soy una soñadora, pero estoy segura que no soy la única.

* Florencia es Abogada (UBA) y columnista de Asuntos del Sur. Tw. @florguijo

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