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Colombia y el triunfo del No: Radiografía de una sociedad que vive entre la polarización y el desinterés

Colombia es un país con muchas particularidades. La diversidad geográfica, climática y, por supuesto, cultural lo transforma en uno de los más diversos de la región. Esta diversidad se manifiesta también desde el punto de vista político y social, lo que la convirtió históricamente en un caso extraordinario para los estándares sudamericanos.

Puede caracterizársela como uno de los países con mayores niveles desigualdad a nivel mundial. Existe, además, una brecha significativa entre campo-ciudad, no solo desde el punto de vista de la distribución de la riqueza, sino también de cómo el conflicto armado impacta en cada uno de ellos.

Asimismo, aun considerándosela una de las democracias más estables de la región, continúa mostrando su atipicidad ya que no ha sido capaz de resolver un anacrónico conflicto interno.

Desde este punto de vista, 2016 parecía constituirse en año crucial para la historia del país, en que uno de los últimos actores remanentes del período de la Guerra Fría (naturalmente hacemos referencia a las FARC, ya que  las negociaciones con el ELN parecen ser inminentes) pretende ajustarse al mundo contemporáneo y la sociedad, aunque por un margen insignificante, no se lo permite.

El pasado domingo 2 de octubre, el “No” a los acuerdos negociados en La Habana se impuso con un escaso margen (50,2 % frente a un 49,8 % del “Sí”), que reflejó la existencia de una sociedad polarizada. Sien embargo, no podemos dejar de señalar que, detrás de este primer diagnóstico, se esconde un problema preocupante como es el desolador desinterés y desafección que la ciudadanía muestra con respecto a este tema.

Desde este punto de vista, es importante, en primer lugar, llamar la atención sobre el hecho que en Colombia el voto no es obligatorio. Habitualmente, de acuerdo con estudios referidos al tema, la abstención electoral oscila entre el 40% y el 55% dependiendo de la elección –si es de carácter subnacional o nacional, ejecutiva o legislativa, etc.- y ha variado significativamente desde el punto de vista geográfico. El pasado domingo, el abstencionismo alcanzó los niveles más altos de la historia contemporánea del país, un 62%. Según la Registraduría Nacional del Estado Civil, de los 34.899.945 colombianos habilitados para votar, solamente 13.053.364 acudieron a las urnas. Es decir, una abrumadora mayoría no lo hizo. Entre los principales focos de abstención pueden señalarse algunos de los más importantes bastiones de la coalición promotora del “Sí”, como los departamentos de La Guajira (19,39%), Atlántico (24,10%) y Bolívar (23,36%).

Aunque pueda ser fácilmente interpretado como un comportamiento apolítico, el abstencionismo puede constituirse como un síntoma de la calidad de la representación. De hecho, en el caso colombiano, tiende a ser percibido como el resultado de la desconexión entre la dirigencia política y la mayor parte de la ciudadanía, que no se siente representada por ella. Sin embargo, dadas las características del caso, nos inclinamos (preocupadamente) hacia la primera de las explicaciones. Sobre todo, porque esta no fue una elección más, lo que estaba en juego era el fin de una guerra que ha durado más de cinco décadas.

Por supuesto sería ridículo negar la influencia de los dirigentes en cada una de las campañas. Sin embargo, no se estaba eligiendo simplemente un gobierno, la composición del Congreso o un Concejo Municipal. Por el contrario, se estaba decidiendo por el tipo de camino que la ciudadanía pretende utilizar para alcanzar la paz. Que semejante argumento no haya sido capaz de mover ÿ conmover a más del 38% del electorado vuelve a inclinar la balanza hacia la explicación de una sociedad predominantemente apolítica e indiferente, poniendo en duda la dirección de la causalidad entre abstención y “calidad de las élites políticas”.

Para finalizar, en este momento, como consecuencia del triunfo del No en las urnas, no existen más alternativas que renegociar parte de los acuerdos o dar por finalizado el proceso. Más allá de algunos gestos que dejan algo de espacio al optimismo, estamos en una etapa en que las partes (especialmente las FARC y el uribismo) presentan posiciones maximalistas, en principio, difíciles de conciliar. Sobre todo, en un contexto caracterizado por la polarización de los ciudadanos activos, junto a la mitad de la población que lo observa con desinterés (concedamos el beneficio de la duda a un porcentaje de votantes de los departamentos de Magdalena y la Guajira, que pueden haber no participado como consecuencia de los efectos del huracán Matthew).

Se vive entonces una coyuntura crítica, que marca la bifurcación entre la continuación del conflicto o la finalización de esta guerra de más de cincuenta años y la tan anhelada paz.

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Foto portada: crédito BBC.

Foto cuerpo: extraída de aquí.

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Luciana es Polióloga UBA, PhD. en Management de Tulane University. Profesora del Departamento de Mercadeo y Negocios Internacionales de la Universidad ICESI (Colombia) - Tw: @manfredilucian3 | Juan Pablo es Politólogo UBA y PhD. en Ciencia Política de la Universidad de Bologna - Jefe del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad ICESI (Colombia) - Tw: @MilangaCali

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Politólogo.

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