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El día después de Trump

Nunca ha sido fácil compartir los más de 3,140 kilómetros de frontera con los Estados Unidos. Nuestra relación ha oscilado entre la fascinación y el rencor, entre la cooperación y la confrontación, entre el acto soberano y la sumisión, y entre la asimilación cultural y la discriminación.

Sin embargo, las generaciones que conformamos el México de hoy jamás habíamos conocido mayor amenaza externa que la que representa la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Por estos días la angustia colectiva se palpa en las calles y en las sobremesas. En esta unanimidad tan atípica entre nosotros, buscamos respuestas a cómo negociar con un megalómano impulsivo y bully para el cual no existe el ganar-ganar, y que encima dispone de la maquinaria estatal más poderosa del mundo para doblegar a sus contrapartes. Es tal la perplejidad en este cambio de época, que para replantear la relación de México con los Estados Unidos resulta más apropiado recurrir a Freud para entender al narcisista, que a Keohane para entender al estadista.

México se ha vuelto el chivo expiatorio predilecto de Trump en sus primeros días de gobierno. A las amenazas que lanzó en campaña, ahora agrega que si nos negamos a pagar la construcción del muro fronterizo, impondrá 20% de aranceles a nuestros productos, de modo que lo financiemos de manera indirecta. Y aunque la medida anunciada por el instaurador de la era de la posverdad sería fácilmente controvertible en la OMC, no deja de encender alarmas en los sectores productivos nacionales, pues el 80% de las exportaciones mexicanas se destinan al mercado estadounidense.

La economía no es nuestra única preocupación y quizás no es la mayor. Trump ha lanzado una auténtica Cruzada cultural. El lema Make America Great Again solo puede traducirse al español como Hagamos a América blanca de nuevo. Su discurso ejerce una pedagogía nefasta y de consecuencias duraderas: en las escuelas hay niños gritándoles a sus compañeros latinos que se regresen a sus países o que se vayan a construir el muro.

Sería imposible entender el liderazgo de Trump sin un preámbulo: la formación de un consenso ideológico. Desde la llegada de los neoconservadores al poder de la mano del segundo Bush, libros como Who Are We?: The Challenges to America's National Identity de Samuel P. Huntington fueron adoptados como manuales de cabecera. Think tanks financiados por millonarios de extrema derecha como los hermanos Koch se encargaron de traducirlos en políticas públicas. Al mismo tiempo, entrenaron a políticos y a líderes de opinión para que libraran la batalla cultural en los medios de comunicación.

No obstante, entre Bush y Trump hay una diferencia sustancial. Si el primero llevó su “choque de civilizaciones” a Medio Oriente, el segundo lo está aplicando dentro de su propio territorio.

“Este capítulo de Black Mirror apesta”, decía una pancarta en una de las múltiples protestas en contra del nuevo mandatario. En tiempos de distopías, los dreamers amanecieron en una pesadilla. Trump puede revertir de un plumazo la situación legal de novecientos mil jóvenes de padres mexicanos que durante su infancia ingresaron por vías no oficiales a EUA. Lo más lamentable del caso es que de ser deportados, nuestro país no tiene alternativas que ofrecerles.

El gobierno mexicano no vio venir el día después de Trump. Perdió tiempo invaluable para construir una estrategia y se dedicó a fingir demencia y subestimar al personaje. Encima, llevamos décadas depositando todas las canicas en una sola bolsa, la estadounidense, generando una relación de dependencia un tanto enfermiza. Nos asumimos norteamericanos y dejamos de voltear al sur (y también al este y al oeste). Creímos que de veras formábamos parte del selecto club de la OCDE, al tiempo que entre nuestra gente prevalecían niveles de pobreza y desnutrición equivalentes a los de países africanos.

Es por eso que la mayor amenaza al interés nacional no es Trump: es el grupo que gobierna en México. El encargado de renegociar la relación bilateral es un presidente corrupto e incompetente que reclama unidad nacional cuando solo el 12% de la población lo sigue respaldando. México cuenta con un servicio exterior profesional y con diplomáticos respetados en el mundo entero. Esto no le importó a Enrique Peña Nieto en el momento en que nombró canciller a su amigo Luis Videgaray, quien no tiene otro mérito para ocupar el cargo que ser el amigo del yerno de Trump.

En tiempos en que Twitter ha suplantado las vías de comunicación diplomáticas, la humillación pública que Trump infringió a Peña Nieto retirándole la invitación a un precipitado encuentro en la Casa Blanca, terminó por noquearlo. Si algo sabe hacer el republicano es oler el miedo y la debilidad de sus contrincantes. El sádico encontró en el priísta su complemento masoquista. De este lado de la frontera faltan 19 meses para la sucesión presidencial. En este contexto son una eternidad. Por lo tanto, empiezan a multiplicarse las voces que proponen la formación de un gobierno de unidad para la resistencia nacional.

Sería inadmisible desconocer que vienen tiempos duros para México. Ante la adversidad, debemos emular ejemplos de entereza de personajes de nuestra historia. El espíritu de Lázaro tiene que resucitar entre nosotros. No me refiero al personaje bíblico, sino al presidente mexicano que entre 1934 y 1940 supo defender con firmeza y visión estratégica la soberanía nacional.

Lázaro Cárdenas entendió que pese a la profunda asimetría de poder que caracterizaba la relación bilateral, México contaba con márgenes de negociación. Aunque en esta relación de interdependencia nosotros somos mucho más dependientes de ellos que ellos de nosotros, todavía contamos con múltiples elementos que podemos utilizar a nuestro favor: seis millones de puestos de trabajo estadounidenses dependen del intercambio con México; somos su tercer socio comercial después de China y Canadá. En nuestro país las inversiones de empresas y bancos norteamericanos cuentan con todas las garantías legales.

Además, Estados Unidos da por sentado que la colaboración de nuestro gobierno con su agenda es gratuita y eterna. México no tendría por qué estar haciendo el trabajo sucio deportando más migrantes centroamericanos que Estados Unidos. Tampoco tendría por qué seguir sometido a un régimen prohibicionista de drogas que ha implicado niveles de violencia nunca antes vistos en el país. Es más, en un esquema no colaborativo no tendría por qué preocuparse de la seguridad nacional del país vecino en el marco de su guerra en contra del terrorismo. ¿Quieren renegociar la relación? Entonces pongamos todas las cartas sobre la mesa y vayamos administrando los tiempos y las rondas de negociación con inteligencia.

No debemos responder con xenofobia a la xenofobia de Trump. Si ellos caen bajo, nosotros en cambio optamos por la solidaridad internacional. Es tiempo del multilateralismo y de usar las tribunas internacionales. México se encuentra en el primer frente de esta batalla, pero no está solo: las segundas líneas son los países latinoamericanos y del Caribe, desde donde hemos recibido invaluables muestras de apoyo. El reto ahora es que se conviertan en medidas concretas que nos beneficien mutuamente.

Nuestros mayores aliados se encuentran en la sociedad norteamericana: universidades, activistas, las millones de mujeres que salieron a marchar en las horas posteriores a la toma de protesta, los alcaldes de las ciudades santuario, los congresistas que ejercerán su papel de contrapeso al Ejecutivo y múltiples iglesias de base.

Tenemos de nuestro lado a esa mayoría estadounidense que además de agraviada, se siente avergonzada de tener como presidente a un tipo impresentable. Con esa multitud en resistencia compartiremos el barco que habrá de navegar por estas aguas turbulentas durante los próximos años.

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Alejandro Encinas Najera

Político y periodista mexicano. Politólogo por la UNAM y por la Universidad Autónoma de Barcelona | Tw: @EncinasN

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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