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El escalofrío de Jan

Hace ya casi 12 años que México vive uno de los episodios más violentos de su historia. Aunque de manera oficial el país se encuentre en paz, la realidad sugiere que dentro del territorio nacional se desarrollan una serie de revoluciones y conflictos armados de distinta índole, con orígenes y objetivos diferentes. El gobierno del ex-presidente Felipe Calderón hizo poco por detener estas luchas fraticidas. El del actual mandatario, Enrique Peña, sigue los pasos de su predecesor y tampoco ha mostrado contundencia a la hora de atajar el problema. Estas luchas han causado centenares de miles de muertos y desaparecidos, además de un retroceso –por primera vez desde 1910– en la esperanza de vida para los habitantes del país (el índice de 2010 era igual al del año 2001).

Cada tanto la sociedad mexicana organizada alza la voz y reclama paz, seguridad, combate a la corrupción. Desde las instituciones oficiales dedicadas a vivir de los derechos humanos se exige que la guerra que el Estado tiene semideclarada (hay guerra, pero no Convención de Ginebra) contra el crimen organizado se lleve por los cauces que la legalidad demanda. Emiten recomendaciones de manera continuada en este sentido y también congratulaciones cuando creen detectar avances, de aquellos que sólo resultan observables a través de los anteojos que utilizan los políticos.

Hace unas cuantas semanas fueron asesinados la activista Miriam Rodríguez y el periodista Javier Valdez. Dos gotas de horror más dentro de la tormenta de tragedias que asola a México. Tales hechos causaron conmoción en la sociedad civil. Miriam Rodríguez era conocida por la búsqueda que había llevado a cabo de su hijo desaparecido. Javier Valdez gozaba de gran prestigio dentro de su gremio. Tras su muerte, muchos periódicos salieron al aire con portadas negras, o directamente, no lo hicieron. Era su modo de protestar contra la creciente inseguridad con la que deben laborar los informadores.

Jan Jarab, representante en México de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) publicó un artículo titulado La violencia que no cesa, la protección que no alcanza. Crimen contra la libertad, en el diario La Jornada, el 16 de mayo de 2017. Desde esa tribuna condenaba los asesinatos referidos unas líneas más arriba. Señalaba: “En términos de seguridad de periodistas y defensores y defensoras de derechos humanos, los primeros cuatro meses de 2017 han sido escalofriantes: por lo menos seis asesinatos de periodistas, dos de activistas y dos escoltas de beneficiarios del mecanismo nacional de protección.” A continuación, loaba a Rodríguez y Valdez “no son sólo dos estadísticas adicionales, sino dos seres humanos ejemplares… con una trayectoria heroica” [cursivas nuestras].

Parece que para matizar su plétora, se vio obligado a una aclaración venida de las buenas maneras, de lo políticamente correcto: “si bien el asesinato de cualquier persona es condenable, el asesinato de quien defiende derechos humanos...” y continua: “De manera similar, el asesinato de un periodista no sólo afecta a su entorno más próximo, sino a...”. Sin querer, pero queriendo, y no obstante su matiz, este señor, representante de un organismo internacional dedicado a la defensa de los derechos humanos, se pasa con singular soltura por el Arco del Triunfo el principio rector e inaugural de éstos: la igualdad de todas las personas. En el primer artículo de la Declaración Universal, promovida por la institución donde trabaja, se expone: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos...”, que se complementa con lo que se establece en el séptimo: “Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley. Todos tienen derecho a igual protección contra toda discriminación que infrinja esta Declaración y contra toda provocación a tal discriminación.” [Cursivas nuestras].

Las frases “no son sólo dos estadísticas más...” y “si bien el asesinato de cualquier persona es condenable, el asesinato de quien...” que espeta Jarab van en contra de la noción de igualdad y de no discriminación que, justamente, debería defender. Es el si bien... utilizado por quienes comprenden y aceptan al género humano como un cuerpo regido por la estratificación y la diferente importancia de cada uno de sus miembros. En cualquier caso, permea la idea de que algunos de los occisos de esta guerra intestina son estadísticas más (matables), mientras que otros representan entes superiores (no deberían ser asesinados); refleja una asumidísima y, tal vez (ojalá), inconsciente normalización del clasismo y la desigualdad.

 El escalofrío de Jan se debe al homicidio de 12 personas, todas ellas con nombre, apellido y profesiones que valen la pena. Seres humanos a los que proteger porque pasaron algún umbral que los hizo más importantes que a los demás. 12 periodistas, activistas... y guardaespaldas –el interés en estos últimos, se deduce, radica sólo en que cuidaban de los primeros. En este 2017 se han encontrado en México múltiples fosas clandestinas llenas de cadáveres anónimos. No trabajadores del bien, ni informadores, ni pertenecientes a las clases sociales que importan. Estos cientos o miles de muertos sin nombre, ¿merecen también un escalofrío? Quizá sus presumibles pobrezas, la evidencia de sus anodinas trayectorias –no heroicas, en cualquier caso– nos eximan de padecer tan desagradable sacudida.

Gracias a este funcionario de los derechos humanos constatamos que el clasismo no tiene fronteras y que los organismos internacionales participan de él. Magro consuelo para un país, México, en donde justamente este tipo de actitudes y de diferenciaciones artificiales en cuanto al valor de las personas son parte intrínseca de las causas del sangrante conflicto actual, que es el mismo que se arrastra desde hace 200 años. Aunque los viajes de campo y los reportes leídos, sobre lo acaecido en alguna tenebrosa serranía, resulten arduos e impactantes, siempre reconforta volver a las oficinas en el exclusivo barrio de Polanco, y recuperar –si es que acaso sufrió en algo su solidez– la escala de valores que permite tan ingenuos (o malvados), pero también lacerantes aseveraciones: “no son sólo dos estadísticas más...”, “si bien...

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Juan Honey Wuest

Juan Honey Wuest es periodista con estudios en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en distintas revistas digitales en temas tanto culturales como políticos.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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