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Elecciones en Argentina: primer acto

El domingo 13 de agosto se llevaron adelante en Argentina las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), destinadas a definir los candidatos –a nivel nacional, provincial y municipal– para las elecciones legislativas de medio término que se desarrollarán el 22 de octubre.

Si bien una parte considerable de la atención se concentró en la provincia de Buenos Aires, en donde vota el 37% del padrón electoral de todo el país y se presentaba la precandidatura a senadora nacional de la ex-presidenta Cristina Fernández de Kirchner, estas elecciones tuvieron una importancia estratégica en todo el territorio, dado que definirán la correlación de fuerzas legislativas en cada distrito, ponen a prueba los distintos liderazgos y, sobre todo, comienzan a marcar el rumbo hacia las elecciones presidenciales de 2019.

Mucho se debatió –con variable nivel de seriedad y conocimiento- sobre los alcances y utilidad de las PASO. Principalmente se hizo referencia al hecho que, en la gran mayoría de casos, los principales partidos o frentes que se presentaban a estas primarias no competían internamente para definir candidaturas –eligiendo crear nuevas estructuras para evitar las internas o directamente “vetando” la presentación de más de una candidatura en su interior–, lo cual es uno de los principales fundamentos (pero no el único) de su existencia.

Como sostenido en el informe pre-electoral de Asuntos del Sur y Coaliciones GICP (UBA), las PASO han generado un fuerte “incentivo para que los partidos más pequeños conformen coaliciones electorales en pos de subsistir y superar el umbral impuesto por la elección primaria”, cuyo ejemplo paradigmático es la conformación del Frente de Izquierda de los Trabajadores (FIT) en 2011. En este sentido, las PASO sirvieron para reducir la fragmentación partidaria, ya que podrán presentarse a las elecciones de octubre aquellas fuerzas que superen el citado umbral –de 1,5% del total de los votos válidos positivos para la categoría en la que compitan. Por citar un ejemplo, para diputados y senadores nacionales, solo cinco partidos/frentes (de 17) tendrán la posibilidad de presentarse en octubre: Cambiemos, Unidad Ciudadana, 1Pais, el Frente Justicialista y el mencionado FIT.

Aún con sus críticas, las PASO no dejan de tener efectos importantes sobre los partidos políticos y el modo en que se van configurando las candidaturas. Es por ello que, frente a las aceleradas y poco profundas posiciones que instan por su eliminación, quizás resulte más efectivo revisar y modificar aquellos aspectos de este sistema de primarias que parece no estar funcionando como se esperaba.

Dicho lo anterior,  estas elecciones nos han dejado algunos (varios) puntos importantes que se pueden analizar, de cara al futuro próximo del país, en un escenario de fondo caracterizado por el corrimiento hacia la derecha del debate político y de las propuestas de campaña.

El primer dato, ineludible, es que la coalición oficialista Cambiemos obtuvo un respaldo muy importante en todo el país, incluso en la provincia de Buenos Aires (cuyo resultado final aún está por definirse), ganando en 11 distritos. Para la categoría de diputados nacionales, obtuvo un 37,2% de los votos, sacando casi 7 puntos de ventaja a Unidad Ciudadana/Frente Para la Victoria. Los triunfos más destacados se dieron en provincias donde Cambiemos no sólo no es oficialismo sino que (en la mayoría de ellos) gobiernan distintas versiones del peronismo: Córdoba (que por segunda elección consecutiva, vuelve a elegir al macrismo para cargos nacionales), San Luis, La Pampa, Neuquén, Entre Ríos y Santa Cruz.

Foto gentileza Diario La Nación

Para la provincia de Buenos Aires, el territorio de mayor disputa (electoral y simbólica), Cambiemos jugó la principal (¿única?) carta que tenía a disposición para hacer campaña: la gobernadora María Eugenia Vidal, que es la figura política con mejor imagen dentro de esta fuerza. Es indudable que su activa y constante presencia (y la intencional “ausencia” del presidente Macri, de muy baja imagen positiva), conjugada con la fuerte incidencia de los medios masivos de comunicación (que protegieron mediáticamente a un candidato impresentable como Bullrich, cuyos impericias durante la campaña fueron bien protegidas), reforzó los buenos resultados de la coalición conservadora.

De repetirse estos resultados en octubre, Cambiemos mejoraría su situación en ambas Cámaras pero seguiría precisando del apoyo de otros partidos para aprobar sus propuestas legislativas, ya que seguiría siendo una minoría en las cámaras –pero robustecida. En los dos años que lleva en el gobierno, logró los apoyos necesarios para aprobar la mayoría de sus leyes  a través de negociaciones que pasaron más por el “intercambio de favores” que por el de ideas y propuestas, principalmente con el Frente Renovador, el GEN y parte del peronismo escindido del kirchnerismo. Resta por ver si, frente a las elecciones presidenciales de 2019, estos sectores “opositores-dialoguistas” querrán o (muy especialmente) podrán  seguir manteniendo esta estrategia.

Aún con el resultado por definirse en territorio bonaerense, y habiéndose impuesto en 13 provincias, la situación del peronismo sigue sumando incógnitas. Incluso con un panorama económico y social en continuo declive, el peronismo no ha logrado definir la disputa por el liderazgo del movimiento a nivel nacional, y en estas elecciones no pudo (¿o no supo?) terminar de conformar un polo de oposición que aglutine a la población disconforme con el empeoramiento en sus condiciones de vida. Las resistencias internas a la figura de Cristina Fernández de Kirchner, sumado a la incapacidad de generar liderazgos que lleven a un recambio generacional en las filas del peronismo –como lo demuestra la poco memorable performance de Randazzo dentro de un PJ bonaerense sin apoyos reales–, ponen grandes desafíos para el futuro del partido.

De todos modos, Cristina sigue siendo la única figura del peronismo –de inspiración progresista– capaz de mantener detrás de sí a una parte considerable del movimiento y, de ganar las elecciones en octubre, será difícil disputarle esa posición. De los gobernadores peronistas que se oponen a dejar el liderazgo del movimiento en sus manos, sólo Urtubey (gobernador de Salta) salió indemne de estas elecciones, por lo que sus acciones vuelven a subir, reforzando las posiciones (cada vez más) conservadoras dentro del peronismo.

En el rubro de los derrotados, junto a gran parte de las encuestadoras de opinión (que no compiten por votos, sino por clientes), la alianza 1Pais –conformada por el Frente Renovador y el GEN–, tuvo un fracaso rotundo. El principal herido de este resultado es Sergio Massa, ya que Stolbizer poco tenía para ganar de por sí. La denominada “ancha avenida del centro” le quedó vacía y la sociedad con la ex dirigente radical no parece haberle redituado en caudal de votos. El ex intendente de Tigre, había obtenido muy buenos resultados en 2013 (cuando irrumpió en el panorama electoral, escindiéndose del entonces gobernante Frente Para la Victoria) y en 2015. En una elección donde la atención estuvo puesta entre Cristina y el oficialismo, Massa no pudo convencer al electorado de su esgrimida doble condición de opositor: al gobierno actual y al anterior.

Otro punto destacable de estas elecciones se vincula al poco transparente proceso de recuento de votos en la provincia de Buenos Aires, que aún permanece incierto. La puesta en escena de Cambiemos, cuando el domingo por la noche anunciaba una clara victoria, transmitida y festejada durante el prime time televisivo por los medios afines al gobierno –que no era tal, pero que resultó de cargar en primera instancia los votos de las zonas favorables, dejar para lo último aquellas opositoras y parar el escrutinio en el 95,68% de mesas, cuando ostentaba una diferencia de 6.915 votos a favor de su candidato– resulta casi anecdótica si no fuese por la precisa manipulación de la información y de los mensajes simbólicos que ello llevaba consigo. Tildada como una mera “picardía” por Stolbizer, y catalogado como un “empate técnico” (algo inexistente cuando se habla del resultado efectivo de una elección) por el oficialismo y los medios masivos que le brindan continuo apoyo, la falta de contabilización de las 1.537 urnas (aproximadamente, 400 mil votos) no parece ser una medida que ayude a reforzar la confianza por los procedimientos democráticos de parte de la población. Se deberá esperar al recuento definitivo de los votos para saber, a ciencia cierta, quien sacó el mayor caudal de votos, algo que se augura no vuelva a repetirse en octubre.

Ante esto, no parece casual que el oficialismo haya vuelto a plantear, al unísono, la necesidad de incorporar el sumamente redituable (para las empresas, obviamente) sistema de voto electrónico. Una vez más, el oportunismo político, conjugado con la posibilidad de ingentes negocios y la falta de información seria, sigue planteando este tema como la panacea de la eficiencia, la seriedad y la transparencia, resolviendo de una vez y para siempre los problemas de nuestro sistema electoral. Sin ahondar en las motivaciones que desalientan la elección de este tipo de sistema, por no citar los casos en los que fue adoptado y luego abandonado (como en Alemania), el artículo de D’Ippolito (que aconsejo vivamente) sobre la potencial peligrosidad del voto electrónico para la democracia, y para nuestra capacidad como ciudadanos de confiar en sus procedimientos, debiera al menos servir para que se dé un debate serio sobre el mismo.

Pasado este primer acto eleccionario, quedan dos meses para (re)definir las estrategias a seguir y salir a “jugar por los porotos”. Allí se verá efectivamente hacia dónde el electorado argentino decide moverse.

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Ignacio F. Lara

Politólogo | Editor de Asuntos del Sur | @nachoflara

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Politólogo.

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