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#GobiernoEspía y #SociedadRacista

Durante los últimos días aparecieron dos noticias en un diario mexicano que me llamaron la atención. La primera versaba sobre el reportaje en el que el The New York Times «desenmascaraba» el espionaje que el gobierno de México ha llevado a cabo sobre integrantes de la sociedad civil y la política, a nivel nacional e internacional. En esta ocasión, el dato nuevo o alarmante radicaba en que se descubrió que los miembros del grupo investigador para el esclarecimiento de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, nombrados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), también habían sido víctimas del intrusismo gubernamental.

La segunda noticia anunciaba que la Secretaría (Ministerio) de Educación Pública (SEP) mexicana contratará 20.000 profesores para lograr una «educación bilingüe». «Una buena noticia» –esta última–, pensé. «Por fin nos tomamos en serio eso de que México son muchos Méxicos y se planteará una educación en español y en lenguas indígenas». No obstante, el bilingüismo del que habla la SEP difería del que me había imaginado. Resulta que se contratarán profesores de inglés para que los estudiantes terminen sus estudios con un alto conocimiento del idioma de nuestros vecinos del norte. El inglés resulta más imprescindible que la cohesión de un país.

¡Vaya decepción!, fue mi conclusión al terminar las lecturas. La decepción, empero, no viene de tener un #gobiernoespía, ni tampoco de tener un gobierno cuyo enfoque y práctica educativa deje mucho qué desear en todos los aspectos. La decepción se debe a que los medios de comunicación, redes sociales y sociedad civil en general llevan semanas alarmadísimos con el asunto del espionaje sin darse cuenta (suponemos) de que con ello contribuyen a que México siga en el estado de desbarajuste social en el que se encuentra. Podría entender que tanto alboroto tuviera una segunda intencionalidad política, pero aun así resulta excesivo.

Cualquier luchador o activista con algo de carrera sabrá que el espionaje político, tanto en México como en el resto del mundo –libre o no–, existe desde siempre. La República Democrática Alemana se erigió como el non plus ultra, pero México no se quedaba muy rezagado. En la Secretaría de Gobernación (Ministerio del Interior) se orquestaban las operaciones y se decidían objetivos. Con mejor o con peor puntería. Se hacían escuchas telefónicas, seguimientos de personas, se robaban  viviendas u oficinas en donde lo único sustraído eran carpetas rellenas de papeles, se infiltraban movimientos, partidos, sindicatos, manifestaciones –¡Nunca se ha de fiar uno de los elementos más aguerridos del grupo!–. A veces los espías sacaban importante información; a veces eran espectadores de las historias de amor inherentes a las «luchas por el bien».

Que hoy, con la sofisticación de recursos electrónicos al alcance de todos –no sólo de los gobiernos–, esta conciencia de saberse espiado haya desaparecido, sorprende. Produce entre ternura y enfado la actitud naive de nuestros activistas, políticos y periodistas, enojados e indignados por la intromisión a su privacidad. ¡Es que también se violó la inmunidad diplomática del grupo de investigadores de la CIDH! Sí... y de más gente de quien no sabemos sus nombres. En ningún momento ronda mi teclado la justificación de este tipo de prácticas, pero hablamos de personas adultas con conocimiento de lo que hacen y de lo que se hace... De que no todo puede ser dicho por teléfono ni escrito en un correo electrónico.

Esto del espionaje fue, por decirlo sucintamente, una cuestión técnica y menor. Lo preocupante es el bombo y platillo que se le ha dado desde entonces... ¿Qué quiere ocultar con tanta habladuría al respecto la sociedad mexicana?

Se me ocurre que queremos ocultar el significado profundo de decisiones políticas como la de estructurar una educación bilingüe, en español y en inglés, en lugar de plantearse un debate público sobre el papel que queremos para las lenguas indígenas que –por fortuna– todavía se hablan en México. ¿Por qué no ha habido aireadas protestas en los medios contra la imposición del inglés como prioridad educativa en detrimento de las variedades dialectales mayas? ¿Por qué da la impresión de que nos parece bien que se nos enseñe inglés en un país en el que todavía existen millones de personas analfabetas? ¿Por qué creemos que es correcto preparar a nuestros hijos para un nuevo autogenocidio cultural –y laboral– en lugar de fortalecer la comunidad?

Unos días antes del inicio del escándalo de los espías, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) publicaba el que quizá sea el trabajo más importante que haya realizado nunca. Se trataba de los resultados de una encuesta en la que se incluía la variante del racismo. Los resultados, como cabía esperar, confirmaron de forma oficial que el racismo en México está vivo, crece y que todos convivimos y participamos de él día con día. Esta otra oportunidad para hacer que la gente hablara de esta lacra que embarra a mexicanos y mexicanas fue como la cabeza de un cerillo: se encendió explosivamente y se apagó, ensombrecida por el escándalo desatado por el reportaje del periódico estadounidense.

Así pues, parece que lo que buscan los mexicanos de bien no es más que permanecer con sus privilegios intactos. Y esos privilegios se deben, en gran parte, a las estructuras visibles e invisibles que nuestro racismo ha creado a lo largo de los siglos y que hoy no hacemos sino ensanchar y reproducir. A la blanca o blanqueada sociedad civil mexicana, esas raras clases medias y altas cuyos integrantes copan los puestos  de responsabilidad en ONG, secretarías de estado, empresas, organismos internacionales, etcétera, no le conviene el debate sobre los resultados de la encuesta del INEGI ni tampoco el otro –que en realidad es el mismo–, sobre qué bilingüismo queremos en nuestra educación: el debate sobre el México real. 

Así, agradezcamos al error táctico del funcionario de turno de la Secretaría de Gobernación y al The New York Times por ofrecernos un tema jugoso, morboso y que vende para distraer a la opinión pública de lo que realmente debería centrar nuestra atención. Démosles las gracias porque, de nuevo, podemos asegurarnos que participamos en el debate que vale la penael nuestro: el del espionaje; aquel de los habitantes de las ciudades, con empleos bien pagados y con buenas condiciones laborales. En este debate sólo participamos, por fortuna, los que debemos participar y no esos otros, que se quedarán, como siempre, apartados de quienes sí importamos.

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Juan Honey Wuest

Juan Honey Wuest es periodista con estudios en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en distintas revistas digitales en temas tanto culturales como políticos.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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