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La muerte del populismo

Ante la llegada de un nuevo presidente en los Estados Unidos, y considerando las características del personaje en cuestión, muchos análisis y pronósticos surgen sobre cómo será su gobierno y el impacto que tendrá en los demás países. Y esto es particularmente sensible en el caso de América Latina. 

En este sentido, vale la pena recordar que una de las principales falencias de la administración de Obama fue la ausencia de un esfuerzo real para entender acabadamente a sus vecinos del sur. No sólo la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina –salvo alguna excepción- varió poco respecto a la desplegada por G.W. Bush, sino que tampoco parece haber algún interés en aprender de las ideas y las tendencias intelectuales que llevan a formas particulares de gobierno en el resto del continente americano.

Es por ello que cobra sentido reflexionar sobre esta laguna en la política exterior estadounidense y en la cultura convencional en general. ¿Por qué existe tanta ignorancia sobre la historia de las ideas en América Latina en un tiempo en el que el porcentaje de latinos en la población total de Estados Unidos superó la de los afro-americanos y cuando la globalización hizo al Hemisferio Occidental mucho más unido? La respuesta está en que las ideas de las áreas del continente de habla castellana y portuguesa simplemente no son enseñadas ni diseminadas en los Estados Unidos. Este país lo hace a su propio riesgo, ya que de este modo crea una bahía cultural entre las dos Américas, y genera elecciones de política confusas, basadas en versiones simplificadas y caricaturescas de la realidad.

El principal culpable conceptual aquí es la idea de “populismo”. Es el término elegido por prácticamente todos los expertos académicos y del mundo político sobre América Latina. El problema es que es un término equívoco que ha sido empobrecido. Es ampliamente usado en los círculos académicos, de los medios y de los asuntos públicos, aunque no posea un significado teórico ampliamente aceptado.  Recientemente, tanto las elites académicas como de política exterior han utilizado el término para hacer referencia a los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Fidel y Raúl Castro en Cuba, Rafael Correa en Ecuador, Lula da Silva en Brasil, Daniel Ortega en Nicaragua y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, por citar sólo algunos. Sin embargo, también fue usado para hacer referencia a líderes neoliberales o con una ideología indefinida, como Carlos Menem, Abdalá Bucaram, Fernando Collor de Mello y Carlos Andrés Pérez.

Las elites políticas suelen mezclar estos líderes, a pesar de las diferencias históricas entre sus países y sus diversos grados de legitimidad democrática. A su vez, el caso clásico de populismo (el de Perón en Argentina), se trató de un movimiento clientelar con un amplio abanico de ideas de izquierda y de derecha, mientras que todos los denominados regímenes populistas en la actualidad deben su existencia al legado de varias ramas del marxismo, al cual el peronismo rechazaba fuertemente. Para empeorar las cosas, el término es generalmente usado para denominar a los movimientos nacionalistas, étnico-racistas de derecha en Europa. En esencia, mientras la herencia intelectual del concepto de populismo está en bancarrota, continua siendo  blandido de cualquier manera siempre que se habla de “América Latina” y “política”.

Como ejemplo de lo anterior, es posible analizar el caso del carismático ex presidente venezolano, Hugo Chávez. La realidad es que, lejos de ser un ‘populista’, Chávez provino de una trayectoria intelectual diferente: la del ‘cesarismo democrático’. Esta tradición, con fuertes raíces en Venzuela, es considerablemente distinta de la definición común y vaga de populismo como una doctrina que defiende los derechos y poderes de la gente común contra los intereses de las elites. Tampoco es compatible, por ejemplo,  con la definición de populismo de Kurt Weyland, un eminente académico especializado en política latinoamericana. Él sostiene que los líderes populistas buscan “alcanzar el gobierno basados en el apoyo de una gran cantidad de seguidores”. No sólo esta definición podría describir a cualquier político en un Estado democrático con un sistema multipartidista (¿no es para eso que están las alecciones?), sino que también está vinculado a la noción de Max Weber de autoridad carismática como la forma de gobernar basada en el las características personales de un individuo. Si bien Chávez hacía uso de sus dotes retóricos e histriónicos para desplegar su poder, también tenía una amplia base de sustento en la teoría política.  Solía citar autores como Maquiavelo, Rousseau, Marc y Galeano, entre otros pensadores, pero principalmente a Simón Bolívar. Es en éste, y en su compatriota venezolano de inicios de siglo XX, el sociólogo Laureano Vallenilla Lanz, donde es posible encontrar la armadura intelectual del líder de la revolución venezolana.

En Bolívar y Vallenilla Lanz es posible observar la práctica y doctrina, respectivamente, del ‘cesarismo democrático`, que es el término más adecuado para entender a Chávez. Este término, a diferencia de ‘populismo’, describe un régimen que busca usar los procedimientos constitucionales, jurídicos y legales para institucionalizar reformas que apuntan a mejorar la compleja situación de los pobres y la clase trabajadora. Mientras que los regímenes populistas, como el de Perón o Getúlio Vargas en Brasil, se apoyaban en la demagogia para permanecer en el poder, los regímenes democrático-cesaristas se apoyan en los mecanismos constitucionales y legales para legitimar la autoridad de una forma de republicanismo con un Poder Ejecutivo fuerte que posee un componente castrense anti-imperialista. Simón Bolívar, un gran general y estadista, fue fuertemente influenciado por el republicanismo beligerante de Maquiavelo, que abogaba por un único y fuerte gobernante bajo la rúbrica de un gobierno constitucional. El sociólogo Vallenilla Lanz reconoció esto en las primeras décadas del siglo pasado, y creyó que era la mejor forma de gobernar en un país racialmente dividido y pobre como Venezuela. El eco de Bolívar y Vallenilla Lanz puede ser escuchado en la mayoría de los discursos del ahora difunto Chávez.

Para finalizar, en vez de seguir repitiendo las mismas etiquetas ad nauseam, es necesario entender mejor las ideas particulares del pasado que dan forma a las actuales elecciones políticas en América Latina. Esto llevará, inevitablemente, a mejorar el entendimiento de las relaciones entre las dos América. Es hora de descartar los clichés y tomar los libros de la historia intelectual de América Latina de personajes como Leopoldo Zea, Alejandro Korn, Enrique Krauze y Anthony Pagden. Se debe aprender a no agrupar a todas estas naciones juntas; a pesar de las similitudes claves, cada país tiene su propio y rico linaje teórico. Así como muchos líderes tildados de populistas han muerto, como es el caso de Chávez, ya viene siendo hora que también lo haga el concepto de ‘populismo’ en lo análisis sobre América Latina. 

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Diego von Vacano

Diego von Vacano, Catedrático en Ciencias Políticas en la Universidad de Texas A&M. Nacido en La Paz, Bolivia. Estudió en Harvard y Princeton. Autor de dos libros, "El arte del poder" (Art of Power) y "El color de la ciudadanía" (The Color of Citizenship") | Tw: @diegovonvacano

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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