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Trump y la latinoamericanización de la política estadounidense

Por más de 200 años, Estados Unidos se ha definido a sí mismo, en términos generales, en oposición al resto del continente americano. Apropiándose del término “América”, se la llegó a posicionar como el faro de la democracia, la libertad y la igualdad, en contraste con sus vecinos del sur, con sus tradiciones políticas caóticas. El populismo, el autoritarismo, el  personalismo, el machismo, el racismo y el caudillismo han sido históricamente vistos como males casi inherentes a la cultura política latinoamericana. Con la elección de Donald Trump, ahora observamos que Estados unidos es en efecto parte del continente americano como un todo y comparte estas patologías. Y mientras América Latina ha estado en el camino de un notable proceso de democratización por al menos 16 años, las perspectivas para la democracia en Estados Unidos parecen ser sombrías. Los roles se revirtieron, y quizás es tiempo que los inmigrantes latinos enseñen algo  este país sobre profundización de la democracia.

Cuando se habla sobre política latinoamericana, el término “populista” es el primer concepto que surge en la mente de muchos. El Brasil de Getulio Vargas y especialmente la Argentina de Juan Domingo Perón son los casos paradigmáticos que se mencionan desde la segunda mitad del siglo XX. Líderes carismáticos con habilidad para la demagogia, estos líderes populistas aprovecharon las preocupaciones económicos con promesas sobre variadas reformas radicales. No tenían una ideología particular y usaban el nacionalismo para juntar apoyo popular, especialmente de las clases populares desposeídas. Así como perón movilizó a los descamisados en Argentina, así también Trump incitó a parte de la clase trabajadora, especialmente a  aquellos recelosos de alternativas socialistas.

Esta demagogia estaba también atada al personalismo. En vez de confiar en las instituciones, Perón y otros populistas en América Latina usaron sus redes clientelares, de amigos y familiares para generar su base de apoyo. La famosa egunda esposa de Perón, Eva Duarte, ganó una inmensa popularidad durante su primer mandato presidencial. Su tercera esposa, Isabel, lo sucedió como presidente luego de su muerte en 1974. Hemos visto una política “dinástica” similar en Estados Unidos, con las familias Bush y Clinton, que se volvieron actores políticos poderosos. Pero con el ascenso de los Trump, el nepotismo y el personalismo aparecen factores aún más centrales. Trump confió en su familia en su ascenso al poder, y no es ningún secreto que Ivanka y su marido Jared ejercen una inusual influencia. La reciente degradación de Chris Christie en el círculo interno de Trump está probablemente conectada a la  acción judicial de Christie contra el padre de Jared, Charles Kushner, y su siguiente condena en 2005. No sería sorprendente que los hijos adultos de Trump busquen posiciones oficiales dentro de la Casa Blanca,  que Ivanka se presente a elecciones en un futuro no distante.        

La peculiar relación entre Trump y sus hijos adultos es emblemática de una forma patriarcal de hacer política que estuvo siempre asociada al machismo latinoamericano. A lo largo de los ’60 y los ’70, innumerables dictadores ejemplificaron la metáfora del pater familias para generar legitimidad hacia sus autoritarismos. Mario Vargas Llosa ofreció un ejemplo bien gráfico de esta dimensión del poder atravesada por el género en su obra maestra “La Fiesta del Chivo”. La novela relata los abusos sexuales del dictador Rafael Trujillo en República Dominicana, conectándolos con los deseos de poder del tirano. El uso y abuso de las mujeres como bienes objetivados era generalizado. Trujillo se casó tres veces, tuvo múltiples amantes, y presumía de su habilidad sexual como forma para ganar importancia como un hombre fuerte. Un uso similar del poder de eros (parte de lo que Maquiavelo llamaba virtu, un término arraigado en la palabra latina  para el hombre) ha sido evidente en la imagen pública de Trump, desde su fama de playboy en la New York opulenta de los ’80 hasta su propiedad sobre el desfile de Miss Universo y su matrimonio con Melania, una ex modelo. Incluso sus cruentos comentarios en los videos de Access Hollywood pueden haberlo convertido en aún más popular en ciertos grupos. El comportamiento de Trump recuerda ese machismo estereotipado.  

A lo que lleva todo esto es al surgimiento de las formas latinoamericanas de hacer política, el caudillismo, ahora en Estados Unidos. La reciente elección de ciertos individuos para puestos claves en el gobierno de Trump sugieren que la lealtad es lo más valorado. Hombres como el general Michael Flynn, Jeff Sessions, Steve Bannon, Rudy Giuliani, y Michael Pompeo son posibles beneficiarios de esta lógica. El caudillismo surgió en Sudamérica, en el siglo XIX, entre hombres como Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas, como se relata en la obra clásica “Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas”, escrita por Sarmiento, uno de los padres fundadores del la Argentina. En ella, Sarmiento explica el ascenso del autoritarismo en Argentina a través de la fidelidad personalística y la política con tintes raciales, ampliamente sustentadas en el apoyo de las comunidades rurales. Este fenómeno llevó a una profunda grieta entre las ciudades y el campo, que Sarmiento caracterizo como una batalla entre la civilización y la barbarie. Las líneas rojas y azules que ahora dividen Estados Unidos recuerdan esta grieta. 

Irónicamente, una gran parte de América Latina se encuentra a la delantera de la democratización en varias dimensiones. Las dictaduras, excepto Cuba, son parte del pasado. Los autoritarismos, con la excepción de Venezuela, están en declive. La mayoría de los Estados latinoamericanos tienen elecciones regulares, libres y limpias. Pero la democratización no es sólo formal, sino que hay una gran profundización sobre ella. América Latina tiene la tasa regional más alta de participación femenina en las legislaturas, por detrás de Escandinavia, con países como Costa Rica que encabezan la lista. En países como Bolivia y Ecuador hay una masiva participación de grupos raciales y étnicos que antes se encontraban excluidos. También se está dando una fuerte defensa por la apertura de las fronteras en términos de inmigración, retomando los preceptos de pensadores del siglo XIX como Simón Bolívar, así como también de Juan Egaña, Juan Martínez de Rozas y Bernardo O’Higgins en Chile, Francisco de Miranda en Venezuela, José Cecilio Díaz Del Valle en América Central, y Bernardo Monteagudo y José San Martín en Perú y Argentina. Ellos veían la migración no sólo como un modo de justicia distributiva, sino también como una forma de hacer del demos algo más permeable y expansivo.

¿Cómo podrían los Estados Unidos evitar lo que pareciera ser una inminente amenaza a su democracia? Quizás la solución en contra-intuitiva. Para los inmigrantes latinoamericanos, debiera ser no asimilarse a los Estados Unidos. En términos de cultura política, la asimilación implicaría volverse tolerantes hacia el actual estado de baja participación electoral, decreciente interés en la política, la inclinación a las distorsiones mediáticas y la exacerbación de las líneas raciales. Los inmigrantes de América Latina deben aprender las bases históricas y las actuales tendencias de la democratización latinoamericana. De los errores del pasado y de los logros presentes, estas lecciones pueden ser transmitidas a los ciudadanos nativos de los Estados Unidos. Esto es especialmente así para las generaciones más jóvenes, quienes pueden estar particularmente preocupadas del presente camino de las políticas estadounidenses tendientes a la plutocracia y el autoritarismo, y que pueden estar interesadas en las transformaciones acerca de cómo manejar estos problemas.            

 

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Diego von Vacano

Diego von Vacano, Catedrático en Ciencias Políticas en la Universidad de Texas A&M. Nacido en La Paz, Bolivia. Estudió en Harvard y Princeton. Autor de dos libros, "El arte del poder" (Art of Power) y "El color de la ciudadanía" (The Color of Citizenship") | Tw: @diegovonvacano

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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