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Trump y el juego del espejo

La victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton el pasado 8 de noviembre sorprendió a propios y extraños. Los analistas políticos, las empresas de sondeos y los medios masivos de comunicación globales auguraban y deseaban el triunfo demócrata, así que los resultados los pillaron a contrapié. Ahora, esta gente mira con recelo al ‘fanfarrón’ que dirigirá por los siguientes cuatro años la nación más poderosa del orbe.

Columnistas y las grandes cabeceras de uno y otro lado del Atlántico, periodistas, gente del mundo del espectáculo, académicos y ciudadanos comunes y corrientes han tendido a vilipendiar al votante estadounidense tras conocerse el ganador. Paul Krugman tituló su columna en The New York Times: El país desconocido, publicada momentos antes de que se oficializara la victoria de Trump. “Lo que sabemos la gente como yo (…) es que verdaderamente no conocemos el país en el que vivimos”, decía en su artículo, y más adelante seguía con sus lamentaciones: “Resulta que hay un gran número de personas –gente blanca, que vive mayormente en áreas rurales– que no comparte nuestra idea de lo que es Estados Unidos” (Krugman, 2016).

Por su parte, la postura de The Washington Post, tras la victoria republicana, era de temor a la división entre los estadounidenses y apelaba a los individuos a no perder la unidad: “Y el hecho es que cada uno de nosotros puede hacer algo para hacer a nuestro país más incluyente…” (Editorial, The Washington Post, 2016). Mientras, Los Angeles Times remarcaba estas palabras de Barack Obama, en relación con lo que, según ellos, EE.UU. necesita: “Un sentido de unidad; un sentido de inclusión; el respeto por nuestras instituciones, nuestro modo de vida, nuestro estado de derecho; y el respeto del uno por el otro” (Editorial, Los Angeles Times, 2016).

En Europa, John Carlin, en su columna para el diario El País titulada Un loco a cargo del manicomio”, dejó la siguiente perla: “Con la victoria de Trump nos encontramos de repente sin brújula en tierra desconocida. El electorado estadounidense ha preferido un narcisista ignorante, vulgar, racista y descontrolado como presidente a una mujer seria, inteligente y capaz como Clinton” (Carlin, 2016). Por su parte, ya el propio 11 de noviembre algunas prominentes figuras políticas europeas buscaban seguridad por parte de Trump en temas como la OTAN y otros acuerdos de seguridad internacional.

La alarma generalizada viene del discurso que Trump utilizó durante su campaña electoral, que muchos tachaban de ‘populista’ y ‘demagógico’. Desde un percibido nacionalismo rancio, amenazaba aquello que consideraba un peligro para su país y su gente. Lo deja claro Timothy Garton Ash en su artículo Los populistas llegaron para dividirnos. Tienen que ser detenidos publicado el periódico The Guardian: “Será una lucha larga y dura para derrotarlos [a los 'populistas' como Trump]. Pero los derrotaremos” (Ash, T., 2016). “Las elecciones en EE.UU. son un toque de atención, uno más. Tenemos que aprender rápido la lección”, declaró Pierre Moscovici, comisario europeo de Asuntos Económicos (Segovia, 2016), refiriéndose, asimismo, a los 'populistas' de la extrema derecha que asoman con fuerza como fuerzas políticas en su región.

Con un lenguaje duro e incluso soez, Trump incendiaba auditorios televisivos, debates y declaraciones políticas incluso de gente que, por su perfil o ámbito de empleo poco podían aportar, salvo buenas intenciones. Entre los objetivos predilectos del candidato estaban aquellos inmigrantes que habían entrado ilegalmente a Estados Unidos, los que “quitan el trabajo” y, como la mayoría de éstos son mexicanos, y como la mayoría de éstos entraron a pie, tanto los mexicanos como la frontera se convirtieron en obsesión de su verborrea.

En su inflamación oratoria llegó a asegurar que haría que EE.UU. Se retirara del Tratado de Libre Comercio con Canadá y México (TLCAN) y que detendría las negociaciones del tratado con la Unión Europea. Estos acuerdos, aseguraba, habían provocado y provocarían que el estadounidense de a pie perdiera su trabajo, su casa y, al final, su vida. Se había permitido injustamente que la industria y la fábricas huyeran de suelo estadounidense para instalarse en otras latitudes. Trump aseguraba que era hora de recuperar lo perdido. De retomar una política económica que conviniera a su país en lugar de perjudicarlo y que había que generar más y mejor riqueza. Lo anterior solía aderezarlo con frases xenófobas, homófobas, machistas. Siempre desde el 'nosotros', construido en base al estadounidense medio, el blanco pobre...

Como puede verse, la alarma generalizada en Estados Unidos es que se ahonden ciertas divisiones dentro de la sociedad norteamericana, sobre todo, la racial y/o étnica, y que se dé un retroceso en la tan costosa e inacabada unidad estadounidense; también, en ciertos aspectos de progreso que comenzaban a vislumbrarse, como el derecho al matrimonio homosexual o la legalización de la mariguana para fines médicos o recreativos en algunos. Se tiene miedo a los WASP (White Anglo-Saxon Protestant) y se teme por las minorías, los inmigrantes ilegales o musulmanes, y por algunos de los derechos sociales conseguidos (el llamado ‘Obamacare’, para comenzar). En Europa el temor es que los siguiente años tocará lidiar con un novato en política al que ven voluble y con ideas irrealizables; preocupa quién va a pagar las facturas de los misiles lanzados sobre Siria, pero, más que nada, preocupa que el efecto Trump, ese que se sustenta en las malas condiciones de vida de los ciudadanos y que apela a tiempos pasados mejores y a recuperar el orgullo 'nacional', termine por contagiarse en el viejo continente. 

En general, se vislumbra un apocalipsis 'populista' y retrógrado que ya tiene a su villano.

Se culpa, justamente, a los WASP, a los hombres (género masculino), pobres, de zonas rurales, de haber logrado el artificio. Es decir, al ejército de personas con baja cualificación y bajos o nulos ingresos que vive en carne propia y día a día los efectos de una política económica que irremediablemente los empobrecerá más conforme pase el tiempo. Ellos que, al mismo tiempo que luchan con sus pobrezas, escuchan la perorata del American Dream, que viven bajo la presión de una sociedad que equipara conseguir altos ingresos con ser exitoso. A ese grupo social, los blancos pobres, que ha sido caricaturizado hasta la extenuación por los perdedores de la elección como conservadores, racistas, ignorantes, egoístas y reaccionarios.

Y aquí cabe el descubrimiento de Krugman de que su país no es lo que él creía que era: No, no lo es. Queda claro que el laureado economista desconocía que también en Estados Unidos se sufren las consecuencias del neoliberalismo. Y aquí cabe el miedo que se percibe en los medios de comunicación, tanto 'conservadores' como 'liberales', sobre si el camino emprendido por la sociedad estadounidense hacia la integración social continuará; y es un miedo genuino, porque, aunque no lo expresen claramente, intuyen que la creciente desigualdad económica tiende a exacerbar ciertos procesos. Y aquí cabe, en gran medida, la suspicacia de algunos de los altos cargos políticos de los países y de las instituciones europeas sobre el rumbo que tomará el país americano, pues saben que parte de sus poblaciones sufren condiciones similares a las de los 'blancos ignorantes' de Estados Unidos, y son conscientes de a dónde pueden conducir la privación y la falta de perspectivas vitales.

Sin duda el triunfo de Trump da para muchísimos análisis e investigaciones políticas o sociales, y para un sinfín de opiniones diversas. Lo que apenas se ha señalado, que me parece fundamental como explicación, y como elemento para empezar a entender lo que sucedió hace unos pocos días, es el papel preponderante que jugó en estas elecciones el sistema económico impuesto en el mundo, con virulencia, a partir de los años 80, con Reagan y Tatcher a la cabeza. Fue gracias al neoliberalismo que Trump pudo ganar. Y más que “gracias al”, deberíamos decir “debido a las consecuencias del”, ya que quien inclinó la balanza fueron los votantes perjudicados por la deslocalización de las fábricas, por la eliminación de aranceles producto de tratados de libre comercio, por la transformación de la economía de producción en la economía de las finanzas. Sí, fueron los votante blancos, xenófobos y pobres, pero víctimas, finalmente, de un sistema que se impone desde arriba y sobre el que no tienen control. Un sistema económico (lo vimos crudamente en el siglo XX tras primera gran oleada liberalizadora) cuyas consecuencias terminan por exacerbar los más deleznables sentimientos y deshumanizar a todos, de una forma u otra.

Así pues, irónicamente, el gran magnate, aquel que se ha beneficiado de las prebendas y facilidades que da al capital el neoliberalismo, triunfó con un discurso contra éste. Ganó por el apoyo que los damnificados de estas políticas económicas le otorgaron. Porque lo del muro con México, la deportación de migrantes o la repatriación de trabajos (“haremos a Estados Unidos grande, de nuevo”), aunque parezcan enunciados excesivamente vanos y simples, cobran fuerza y realidad para aquellos que no pueden pagar la hipoteca porque su fábrica se trasladó a algún país del sur del río Bravo o al este de Asia; para aquellos que se han dado cuenta de que si las cosas siguen así, serán incapaces de abonar las cada vez más altas tasas universitarias de sus hijos. Irónicamente, Clinton y los demócratas, quienes deberían representar a los trabajadores, no a los ricos, fueron apoyados con aspavientos por Wall Street y Silicon Valley. Irónicamente, los clasistas e intolerantes terminaron por ser quienes de la igualdad y la tolerancia hacen bandera. Irónicamente, ahora el término 'populista' es lanzado con una facilidad pasmosa contra aquel que representa lo contrario de aquellos a quienes se solía tachar de 'populistas'. Como en un espejo, los papeles cambiaron y el millonario terminó defendiendo al trabajador pobre (en el discurso), y la hippie de izquierdas, a ese uno por ciento (en el discurso y al recibir su dinero, en una proporción de 3:1 en relación con su contrincante, (Hanson, 2016)).

Esta elección ha sido especialmente interesante ya que descubrimos que Krugman no conoce su país y que los votantes ‘progresistas’ de Estados Unidos resultaron ser menos democráticos que como ellos mismos se pensaban. ¿Es razonable protestar contra los resultados de una elección democrática? ¿No se suponía que todos en el país estaban orgullosos de su democracia, la más añeja y consolidada del mundo? ¿No está establecido que si juegas un juego tienes que acatar las reglas, ganes o pierdas? En esta elección los papeles se difuminaron de una manera curiosa y el ideal candidato neoliberal ganó gracias a su discurso antineoliberal, mientras que la izquierda perdió por hacer enroque con la derecha y piña con los híperricos. Los reaccionarios se sumaron al cambio y los progresistas ahora lo intentan detener, muertos de miedo sobre lo que pasará. Los que antes tildaban de populistas a los otros, son ahora presentados como tales y a los otrora populistas se los ve como la mejor opción para salvar el negocio...

Para mal o para bien (¡en este caso es tan difícil discernir!), Trump es hijo del neoliberalismo, y es de suponer que dejará intactas las estructuras que permiten su funcionamiento. Aunque su retórica tenga el tufo de ese otro charlatán de los años 30 del siglo XX de la Alemania de entreguerras, y las situaciones sociales presenten ciertas similitudes, el poder tras el poder le dejará hacer hasta el punto que considere adecuado. Difícilmente, Trump caerá en excesos que amenacen el status quo económico; él sabe, por su origen, hasta dónde se puede llegar. Ahora que le toca la política ‘real’, el futuro presidente, tras 48 horas de haber ganado, ya se desdijo, ya matizó, ya se moderó. Queda por ver lo que piensen sus  electores cuando, en cuatro años, se den cuenta que nada de lo importante cambió, o que, incluso, sus situaciones empeoraron. Eso, si no estalla una guerra en algún momento de su mandato, último recurso de los políticos desahuciados.

Como decían en la campaña de Clinton (Bill) vs. Bush (padre): “Es la economía, estúpido”. En este caso, es el neoliberalismo, y con él, son las grandes empresas y es el sistema financiero que unos cuantos se tienen montado para ganar más ellos y menos todos los demás, siempre. Gane quien gane.

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Ash, T.. (2016). Populists are out to divide us. They must be stopped . 11 de noviembre de 2016, de The Guardian Sitio web: https://www.theguardian.com/commentisfree/2016/nov/11/populists-us

Carlin, J.. (2016). Un loco a cargo del manicomio. 9 de noviembre de 2016, de El País Sitio web: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/09/actualidad/1478668003_908217.html

Editorial. (2016). How each of us can help keep America inclusive, even under Trump. 9 de noviembre de 2016, de The Washington Post Sitio web: https://www.washingtonpost.com/opinions/how-each-of-us-can-help-keep-america-inclusive-even-under-trump/2016/11/09/3b2b22d2-a6ac-11e6-ba59-a7d93165c6d4_story.html

Editorial. (2016). Working with President Trump . 9 de noviembre de 2016, de Los Angeles Times Sitio web: http://www.latimes.com/opinion/editorials/la-ed-working-with-trump-20161109-story.html

Hanson, V.. (2016). Surprise, surprise, the disconnected plutocrat lost . 9 de noviembre de 2016, de Los Angeles Times Sitio web: http://www.latimes.com/opinion/op-ed/la-oe-hanson-why-hillary-lost-20161110-story.html

Krugman, P.. (2016). Our Unknown Country. 8 de noviembre de 2016, de The New York Times Sitio web: www.nytimes.com/interactive/projects/cp/opinion/election-night-2016/the-unknown-country

Lai, R., y otros. (2016). How Trump Won the Election According to Exit Polls. 8 de noviembre de 2016, de The New York Times Sitio web: http://www.nytimes.com/interactive/2016/11/08/us/elections/exit-poll-analysis.html?action=click&pgtype=Homepage&clickSource=ts-item%202_of_5&module=span-abc-region®ion=span-abc-region&WT.nav=span-abc-region

Segovia, C.. (2016). Bruselas quiere "evitar" que el 'efecto Trump' se extienda a Alemania, Italia y Francia. 11 de noviembre de 2016, de El Mundo Sitio web: http://www.elmundo.es/economia/2016/11/11/5824e45b468aeb663a8b45e7.html

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Juan Honey Wuest

Juan Honey Wuest es periodista con estudios en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en distintas revistas digitales en temas tanto culturales como políticos.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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