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La otra guerra de las personas desplazadas en Colombia

Hace unas semanas, una amiga que trabaja en atención a víctimas del conflicto colombiano me contaba cómo generaba cierto descontento entre sus colegas que muchas personas que llegaban a solicitar servicios como víctimas de desplazamiento llevan celulares de buenas marcas, iban bien vestidos, con bolsos elegantes, entaconadas, etc. Inmediatamente me acordé de la primera vez que asistí a una reunión en Alemania con mujeres sirias e iraquíes refugiadas; cuando entré a la sala, de diez mujeres que habían solamente vi a dos refugiadas, el resto, pensé, “son alemanas”. Para mi sorpresa, de las diez mujeres que había solo cuatro eran alemanas. Entonces ¿por qué mi cabeza a primera vista identificó únicamente a dos posibles mujeres sirias o iraquíes?

La respuesta es fácil y tiene que ver, como todo problema de discriminación en el mundo, con estereotipos.

Los estereotipos no son más que categorías abstractas asignadas a una persona por su pertenencia -o supuesta pertenencia- a un grupo específico. Tendemos a “definir” a una persona en función de las características que hemos previamente “asignado” al grupo al que pertenece: si es mujer debe ser maternal, si es hombre no debe llorar, si es musulmana debe usar el velo, etc. Y yo caí: si es blanca y está bien vestida, debe ser alemana.

Desde hace unos años, son constantes las imágenes en la televisión de las riadas de personas que huyen de Siria hacia Europa y de la Colombia rural a la urbana; vemos casos horrendos de niñas y niños muriendo en pateras intentando cruzar las fronteras y de cientos de familias huyendo de sus casas en el Chocó. En un proceso inconsciente grabamos en nuestra mente la imagen de la “típica persona desplazada” y así las categorizamos como personas que no tienen nada.

Entonces, si vemos a una mujer que dice ser desplazada ¿cómo es posible que vaya peinada y entaconada? Así la mente concluye: si tiene para peinarse bien y comprar tacones es porque no lo ha perdido todo, y si no lo ha perdido todo, no es desplazada.

El problema con las categorizaciones es que tienden a convertir a las personas en nada más que esa “categoría” y desligarlas de sus reales historias, convirtiéndolas en casos estandarizados, enlazados únicamente con las instituciones que los categorizan[1]. Es decir, la Señora Rosa, de 55 años, de Tumaco, artesana, madre, agricultora, con conocimientos de construcción, quien detesta la remolacha, le encanta Roberto Carlos, los perros pequeños y las mochilas wayuu, dejó de poseer todas estas características en el mismo instante en el que entró a una oficina de la alcaldía de Cali y se registró como víctima de desplazamiento del conflicto armado. Desde ese entonces solo es: desplazada.

Pero ¿cuáles son esas malignas instituciones que le quitan la identidad a Doña Rosa y a razón de qué? Pues no son nada más que el gobierno - integrado por personas como usted y como yo- y la sociedad - integrada por usted, yo, sus vecinos y mis vecinas. Entonces resulta que usted, nuestros vecinos y yo ¿le estamos quitando a Doña Rosa su identidad?

Pues sí.

Las instituciones que categorizan a Doña Rosa y a los 6,9 millones de personas desplazadas en Colombia, han puesto de relieve que ella es primero desplazada y después… lo que sea, con el fin de poder abordar un largo y complejo proceso de reparación de víctimas.

Pero si sabemos que son 6,9 millones de personas desplazadas en Colombia, fácil nos queda darnos cuenta de que no todas ellas vienen del mismo lugar, ni tienen las mismas costumbres culturales o religiosas, ni las mismas características físicas o de personalidad, por lo que a estas 6,9 millones de personas les queda imposible cumplir con todas las características que se esperan de ellas. En consecuencia, pueden ser vistas de manera sospechosa, engañando o no siendo auténticas[2], en otras palabras, como “falsas/os desplazadas/os”.

Esta cuestión es, por lo demás, bastante peligrosa, ya que si son sospechosas de no ser verdaderas víctimas de desplazamiento se está poniendo aún más en peligro sus vidas, y el derecho a reparación y garantía de no repetición que el gobierno les debe. 

Como nos lo recuerda Martha Nussbaum en su carta dirigida al pueblo colombiano, nuestro país “ha llegado a un momento histórico”. El próximo 26 de septiembre será firmado el acuerdo de paz después de más de 50 años de guerra y cuatro años de conversaciones entre el grupo guerrillero de las FARC y el gobierno colombiano; posteriormente, el 2 de octubre, el pueblo colombiano está llamado a votar el plebiscito que dará la aprobación sobre lo acordado en la Habana. Estamos muy cerca de que la guerra (oficial) se acabe. Después de esto, seguirá un largo proceso de perdón y reconciliación, y especialmente de reparación a las víctimas del conflicto.

El concepto de migraciones forzadas tiende a deshumanizar a las personas negándoles el rol de ser actores, por consiguiente, gente normal[3].  Ya la guerra les ha quitado a las personas desplazadas suficiente. Ahora, que hay una luz al final del túnel, que sus vecinas, los vecinos de Doña Rosa, usted y yo, no les quitemos también la capacidad de ser lo que son, gente normal. Esa es otra guerra que también podemos acabar.

--

[1] Stepputat, F. y Sorensen, N.N. (2014). Sociology and Forced Migration in The Oxford Handbook of

Refugees & Forced Migration Studies. Ed. E. Fiddian-Qasmiyeh, G. Loescher, K. Long, N. Sigona (p.

88-90). Reino Unido: Oxford University Press.

[2] Ídem

[3] Ídem

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Carolina Guevara

Carolina Guevara, colombiana residente en Bonn, Alemania, técnica en gestión de negocios por la UNAD Colombia y experta en estudios de desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid; investigadora en migraciones forzadas y responsable de EqGenero.com. Investigadora de OTPAL (Observatorio de Trata de Personas en América Latina). | Twitter: @laguevarab y @eqgenero.

Christian Andres Gonzales Calla

Politólogo.

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